De Menéndez Pelayo tengo bastantes recuerdos, y además, una cosa muy curiosa, porque hay unos recuerdos que son demasiado vagos, pero que los tengo a través de mis hermanas. A mí me han antecedido tres hermanas, yo era el décimo de los hijos de mi padre, y antes que yo venían las tres hermanas seguidas y después venían unos hermanos hasta llegar a los hermanos que eran hermanos de padre, los tres mayores: la que he dicho antes que murió, Emilia, y después, los dos jesuitas.

El padre de Menéndez Pelayo, don Marcelino Menéndez Pintado, catedrático de Matemáticas del Instituto y según dicen los antiguos alumnos suyos, de mal genio, como suelen ser los catedráticos de matemáticas, fue amigo de mi padre. Amigo con un gran desnivel de edad, porque mi padre entonces no había cumplido treinta años y don Marcelino Menéndez Pintado era ya padre de un Marcelino Menéndez Pelayo muchacho, que ya empezaba a ser reconocido por todo el mundo como un genio. Iban juntos, en parejas, como se hacía y se sigue haciendo, a las conferencias de San Vicente de Paúl, a visitar los domingos a los pobres. Me contaba mi padre: «Don Marcelino se interesaba por mis hijos y yo, naturalmente, por los suyos, y me dijo: "Mire usted, yo tengo un hijo, que no es porque yo lo diga, pero es un talento, algo extraordinario; después, otro que es una medianía (la medianía no tenía nada de medianía, a no ser en comparación con don Marcelino, pero quizás a los doce o trece años que tendría entonces, podría parecerlo, que era Enrique) y después, otro tonto, completamente tonto, no hay más que dar gracias a Dios y aceptar todo lo que viene de Dios"». Esto yo no lo supe hasta los últimos años que me lo contó mi padre. Y me hizo pensar mucho, porque me recordó que también Unamuno había tenido un hijo idiota, tonto.

Esta amistad, y sobre todo, una circunstancia completamente inesperada y extraordinaria, el tener nosotros una criada, una cocinera, Baldomera Pelayo, prima carnal de los Menéndez Pelayo, porque la madre era hermana de la madre de los Menéndez Pelayo, hacía que los jueves y los domingos, pero sobre todo los jueves por la tarde, fuéramos los niños de la familia, mis hermanas y yo, con Baldomera a visitar a su pariente, la madre de los Menéndez Pelayo, y allí jugábamos en el jardín. Esto me lo han contado mis herma¬nas que lo recuerdan perfectamente. Yo realmente tengo un vago recuerdo de que había entrado en aquel jardín, pero a don Marcelino no le veo con precisión a esa edad en que yo tendría de seis a nueve años. En cambio, desde que yo tuve un poco de uso de razón literario, empecé a ir al Instituto y supe quién era Menéndez Pelayo y empecé a leer sus libros, entonces ya me interesó y como él pasaba largas temporadas de vacaciones, yo le seguía por las calles y sobre todo después que el Instituto se hundió. Eso fue uno de los sucesos realmente extraordinarios que me pudieron pasar y no me pasaron. Se hundió el Instituto, el techo de la clase de castellano y de latín, a la hora de la clase y dos días antes de reanudarse las clases después de las vacaciones de Navidad, el día 5 de enero. El día 5 de enero estaba yo en la cama muy emperezado, sin ganas de levantarme, aunque tenía que preparar un ejercicio que me habían mandado de matemáticas para el primer día de clase, y entró mi hermano Marcelino, el estudiante de ingeniero, a decirme que no teníamos clase porque se había hundido el Instituto. Se había hundido parte del Instituto, y hubiese sido una tortilla de niños si se hunde dos días después.

Pues ese era el mismo Instituto, el viejo Instituto en donde habían estudiado mis hermanos mayores, con el padre de Marcelino Menéndez Pelayo, con don Marcelino Menéndez Pintado, y habían estudiado luego con un profesor que, yo no me acuerdo cómo se llamaba, de Castellano y de Retórica y Poética, y en el libro de Nicolás Latorre, el mismo que estudió Juan Ramón Jiménez y que por fortuna quedaba en casa. Así que yo los recuerdos de don Marcelino, los tengo muy vivos y muy precisos, aunque yo no hablase nunca con él, porque no me atrevía, desde mis once o doce años hasta que murió.

Cuando se hundió el Instituto, que es lo que había empezado a contar, hubo que buscar otro local y entre los varios locales en los que hubo que alternar, por fin, se consiguió uno en un extremo de la ciudad, hacia el oeste, cerca de la plaza de Numancia y para ir hasta allí, era el camino más corto pasar por frente de la casa de don Marcelino. Y yo, a veces le veía, desde la calle se le veía trabajar en su despacho. Pero aparte de eso yo le veía por las tardes. Él por las tardes salía, daba un paseo, iba a dos o tres cafés a tomar su merienda, a tomar sus copas y a leer sus periódicos, leía periódicos ingleses, leía La Época, que era su periódico favorito de entonces. Yo le espiaba desde la calle y le veía con su capa, entonces todo el mundo llevaba capa, haciendo muchos guiños y muchos gestos nerviosos en la cara, siempre un poco torcida la cabeza y así le veía yo a don Marcelino, muy envejecido, a mí me parecía viejísimo, a todo el mundo le parecía más viejo de lo que era por estar ya muy desgastado en esos últimos años de su vida. Esos recuerdos los recuerdo muy bien.

La muerte de don Marcelino Menéndez Pelayo está relacionada también con mi bachillerato, porque no hubo exámenes. Yo me tenía que examinar y eran ya los exámenes de sexto año, ya sólo me quedaba luego la reválida. Y yo siguiendo la costumbre, que teníamos entonces la mayor parte de los chicos, me fui a confesar para comulgar aquel día. Y entonces, mi confesor, que me conocía perfectamente, me dijo: «Vienes a comulgar porque te vas a examinar». «Sí, padre». «Pues no te examinas hoy». «¿Cómo que no me examino hoy?». «No, no hay exámenes y no sabemos cuándo serán». «Pues no lo entiendo». «¿Pero no sabes lo que pasa? ». «No, no sé nada». «Que ha muerto don Marcelino, ha muerto esta noche y, naturalmente, la ciudad está de duelo y se ha suspendido todo». Me acuerdo muy bien de su entierro y de ese detalle de que se aplazaron unos días los exámenes por la muerte de don Marcelino.

Después, en cambio, al que traté mucho y fue uno de mis maestros, fue Enrique. Cuando yo empecé a estudiar mi carrera y a pasar mis vacaciones a Santander, Enrique iba al Ateneo, que ya se había fundado. Se estaba construyendo la nueva Biblioteca Menéndez Pelayo, con ese motivo iba allí todos los días a pasar un rato con el bibliotecario Artigas, que era un hombre de una bondad extraordinaria y una capacidad de organización muy grande, y allí con Artigas y Enrique Menéndez, el estudiante y futuro licenciado en Letras, que era yo, tuve grandes conversaciones. Y uno de los primeros en conocer versos míos fue Enrique Menéndez.