Yo hubiera querido venir a Madrid como ideal, o si no a Salamanca, pero mi hermano el mayor, el jesuita, Sandalio, como es natural, quiso que yo estudiase con los jesuitas y que fuese externo, como había estado también mi hermano Marcelino, estudiando la carrera de Ingeniero Industrial en Bilbao. Yo tenía esos dos motivos: primero, que un hermano mío ya era ingeniero y había pasado su carrera en Bilbao y tenía una gran simpatía por Bilbao, y segundo, que mi hermano quería que yo fuese a clase con los jesuitas. Fue mi hermano Marcelino entonces, quien me llevó y me hospedé en una casa de patrona, que no tenía más que una habitación para mí, que era hija de la patrona que había tenido mi hermano. Esta casa, esto es curioso desde el punto de vista político, esta casa resultó ser la de un gran vizcaitarra, era una familia muy vizcaitarra.

Entones yo leía todos los días a Manuel Aznar, que era director de Euzkadi, un periódico vizcaitarra, era jovencísimo, tendría veinte años o cosa así, y lo único que no podía leer era un artículo que salía todos los días en vascuence, todo lo demás estaba escrito en castellano y era el periódico que yo leía.

Así pasé los dos primeros años en esa casa, pero el tercer y cuarto año de la carrera, pasé a casa de un antiguo dependiente que habíamos tenido en la tienda -mi padre tenía una tienda de telas en Santander- que se había hecho camarero, primero tuvo una tienda de comestibles pero cambió de oficio, al cual le sobraba una habitación y entonces fui a vivir con él. Y este era todo lo contrario, este era carlista y no podía ver a los nacionalistas. De modo que tuve la doble experiencia en unos años muy combatidos, porque era desde el año 1913 al 1916 en que por una parte estaba ya Indalecio Prieto empezando su carrera, estaba el socialismo en pleno auge y dentro de los elementos católicos había tres partidos: el partido monárquico Alfonsino, que tenía relativamente poca fuerza, el Carlista y el Vizcaitarra.

Yo iba todos los días a Deusto. En cambio, Deusto me produjo, de momento, una impresión deprimente, tremenda. Primero, aquellas montañas tan enormes, encima de Bilbao, yo acostumbrado a los horizontes amplios y luminosos de Santander y luego, el ambiente de una casa, porque la casa estaba vacía. Yo estudiaba solo en casa, la familia vivía en la tienda y allí comíamos. Y claro, aquello daba una sensación de frialdad inhóspita y luego, además, el tener que sujetarme a un horario hecho para los alumnos internos y en el cual, los externos perdíamos mucho tiempo. Los recreos consistían en pasear por los claustros; los estudios obligados, sentados en un determinado pupitre con un determinado compañero, que a mí me fastidiaba, porque yo estaba acostumbrado a estudiar tumbado, acostado, paseando o haciendo lo que me diera la gana, toda mi vida. Eso de tener que estar estudiando bajo una vigilancia, sentado en un pupitre, me molestaba muchísimo.

Pero, en fin, tuve la suerte de encontrar allí, primero, muy bue¬nos maestros y también muy buenos condiscípulos. Entre los maestros tuve tres muy buenos: el de latín, el de griego y el de lenguas semíticas. A los otros también les estoy agradecido, pero, en fin, no tenían ni la autoridad ni la eficacia pedagógica y de educación moral que tenían estos tres. Eran el padre Hernández, autor, con el padre Restrepo, el de la Academia Colombiana que acaba de morir ahora, de un libro fundamental, Llave del Griego, muy útil para el estudio. Como éramos pocos, aprendimos en un solo curso muchísimo, hasta el punto de que cuando me fui a examinar con Unamuno, porque teníamos que ir a Salamanca a examinarnos, Unamuno me dio matrícula de honor.

Después, el padre Rufo Mendizábal, que ha sido también una figura en la Compañía de Jesús, porque ha sido provincial de la Compañía en España, ahora exactamente no sé donde está, que era muy buen latinista y nos formaba muy bien en Filología y en Latín. Y finalmente, el padre César Fernández Cabo, que está ahora en la Universidad Laboral de Gijón, de vocación misionera, pero de vocación también políglota, sabía muchísimas lenguas y estaba aprendiendo el chino, con la intención de irse a China a pasar muchos años, hasta que ya no ha podido vivir allí más tiempo. Este padre Cabo nos daba clase de árabe y de hebreo. A mí, particularmente en verano, durante un verano que pasé en Bilbao, me dio las primeras nociones de alemán y a él le debo los fundamentos que sé de alemán. A los tres estoy profundamente agradecido. El padre Cabo, de los tres, era el más artista, además, me daba a leer libros de Villaespesa, de Rubén Darío, de Valle-Inclán, con un poco de cuidado, previniéndome de ciertos peligros que podrían tener algunas páginas, pero en fin, era para esto bastante comprensivo.

Luego había en Bilbao unas bibliotecas populares donde se podían encon¬trar los libros últimos de Unamuno, donde yo me acabé de formar, primero, porque ya había leído mucho en la Biblioteca Municipal de Santander, pero había leído, sobre todo, a los clásicos y a los autores del siglo XIX más que a los contemporáneos, pero la lectura de los autores del 98, de Rubén Darío y hasta de los más jóvenes de entonces fue ya en los años de Bilbao.

En Bilbao tuve varias amistades, pero una sobre todo, que había de ser decisiva, que es la de Juan Larrea. Coincidió conmigo y ya desde el primer año simpaticé con él. En el segundo año coincidí con él en algunas clases. Él estudiaba simultáneamente Derecho y Letras, y aunque era año y medio mayor que yo, a veces coincidíamos en la misma asignatura, por ejemplo, en Hebreo y en Árabe, estudiamos juntos. Él ya tenía una vocación literaria muy avanzada, escribía en verso y en prosa con gran destreza y con mucha imaginación. Tenía, sobre todo, una pasión enorme por el teatro, escribía obras de teatro. Yo le debo muchísimo, porque él me abrió muchos horizontes. Siempre ha tenido mucho más talento que yo y en aquel desnivel entre los dieciséis y los diecisiete años, que es muy importante, ejerció sobre mí una gran influencia. Luego ya pasábamos temporadas juntos en Madrid, de vacaciones. Él tenía aquí un tío con el que pasaba largas temporadas. Yo vine aquí a licenciarme, porque en el cuarto año, en vez de examinarme en Salamanca, donde me había examinado los tres años anteriores, los padres de Deusto habían cambiado de Universidad porque estimaban que eran demasiado exigentes ciertos catedráticos de Derecho. Y como esto era lo que les importaba sobre todo, porque eran muchos más los que estudiaban Derecho, se pasaron a la Universidad de Valladolid, en la cual había Facultad de Filosofía, pero no de la sección de Letras, sino de la sección de Historia. Por lo tanto, no nos podíamos examinar más que libres y entonces, seguimos dando la clase en Deusto, pero con el consejo de los profesores de Deusto nos vinimos a Madrid en el último trimestre, a partir de marzo, para asistir como oyentes a las clases y para que nos conocieran los catedráticos a fin de podernos examinar y hacer la reválida. Esto fue lo que hice.

En el año 1916 me vine a Madrid y asistí a las clases de Américo Castro, que era entonces profesor de Historia de la Lengua, a las clases de Latín, a las clases de Andrés Ovejero, que era un tipo extraordinario de Historia del Arte, pero que nos daba la clase del curso Investigación de Literatura. Esa temporada para mí fue decisiva, porque ya había pasado por Madrid rápidamente de vuelta de Extremadura, donde había estado una temporada de vacaciones con mi hermano ingeniero, que vivía en Badajoz, y al pasar por Madrid vi por primera vez la plaza de Toros, porque el mismo día que llegué, por la tarde, había una novillada de Belmonte y Posada. Yo estaba entonces en pleno apogeo de fiebre taurina y, naturalmente, lo primero que hice fue ir a la taquilla, sacarme una andanada que era lo que quedaba, e irme a ver a Belmonte. Era la segunda o tercera novillada que toreaba. La que llaman de las cinco verónicas sin enmendarse, que no pudo torear más que dos veces de capa los dos toros, porque los dos le cogieron y tuvo que ir a la enfermería. La primera vez era más que nada el desgarro de la taleguilla y salió con unos pantalones de monosabio, y la segunda vez, al volver a dar otra vez las verónicas, el to¬ro le dio una paliza y ya se metió para dentro. Entonces el pobre Paco Posada tuvo que matar los seis toros.

Yo no pasé entonces más que dos días en Madrid y seguí viaje a Santander. La primera temporada de varios meses fue esa del año 1916, desde marzo hasta fines de junio. Me licencié, terminé la carrera y coincidió ese final, no solamente con la temporada taurina muy bonita, sino con los Bailes Rusos de Diaguilev en el Real. Era la primera temporada de los Bailes Rusos en que no bailó Nijinsky. Bailó en la segunda temporada, pero yo no estaba en Madrid. Vino Stravinski que estrenó El pájaro de fuego y Petrushka y lo dirigió. Yo le estoy viendo desde mi gallinero del Real, haciendo unas reverencias de ángulo más que recto, poniendo la cabeza casi en el suelo, al palco regio, porque Alfonso XIII no se perdía una noche de los Bailes Rusos. Vi todas las obras que se dieron, me gasté mis ahorros en asistir al Real, costaba tres pesetas sesenta céntimos la entrada de gallinero. Esto quiere decir que, de pronto, me vino un deslumbramiento de un arte del que yo no tenía la menor idea que era la coreografía, realmente asombroso; de la pintura, de aquella pintura decorativa, fauve, lujosa, de colores orientales y, sobre todo, de la música, por la que yo entonces tenía gran pasión, ya que entonces leía y tenía una biblioteca musical para enredar yo en el piano con todos los autores hasta Albéniz, hasta los contemporáneos. Pero, claro, no conocía apenas la música rusa, desde luego de Stravinski nada, de modo que para mi aquello fue una enorme revelación estética, a la vez que las relaciones literarias, no de conocer a las personas, porque ni Larrea ni yo nos atrevíamos a ir a ninguna tertulia, pero sí de leer los libros de Ramón Gómez de la Serna, los libros de Juan Ramón Jiménez, las poesías completas de Antonio Machado que salieron aquel año...

Larrea seguía con su afición al teatro y yo también había escrito mi pequeña comedia. Vimos, por ejemplo, el estreno de La ciudad alegre y confiada, éramos muy benaventistas y salimos aplaudiendo a Benavente, que le sacaron en hombros desde el Teatro Lara por los derrumbes donde estaban haciendo la Gran Vía camino de su casa de la calle de Atocha, por allí le fuimos aplaudiendo. En realidad, la obra nos defraudó en comparación con Los intereses creados, pero nos emocionó ver a Benavente.